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CRÓNICAS DE UN PUEBLO SAN JUAN DE LA RAMBLA JOSÉ Mª PÉREZ MONTES
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Pilar Rguez. y Santiago Pérez
(026) SAN JUAN DE LA RAMBLA: REGODEO Y PROVOCACIÓN
Hace poco tiempo escribí una historia de San Juan de la Rambla lo más objetiva
posible, después de más de diez años de investigación. Fue editada gracias a las gestiones del
actual alcalde, lo cual reconozco y agradezco sinceramente, aunque ello no me obliga a
comulgar con sus decisiones y opiniones. Este acontecer histórico se ha seguido desarrollando
en estos días con acuerdo municipales inauditos que atentan contra esa misma historia. Me
veo por ello en la obligación moral de ponderarlos y analizarlos, pues es necesario que las
gentes conozcan sus verdaderas motivaciones y no versiones interesadas, envueltas en medias
verdades o en descaradas mentiras. Así que continúo con el análisis de esos acontecimientos,
que inicié en un escrito anterior, gracias a la gentiliza de este periódico.
Es impresentable que un alcalde, que acaba de quitar a una comunidad de vecinos de
su propio municipio uno de los símbolos centenarios que históricamente habían tenido en su
entorno como es el Ayuntamiento, declare a la prensa, al finalizar el primer pleno celebrado
en la nueva ubicación, que se sentía orgulloso de su ―hazaña‖. Vamos, como si hubiera
obtenido una resonante victoria contra sus enemigos (y es probable que así lo considere). Un
político responsable y digno se hubiera sentido preocupado o afectado por las consecuencias
de su decisión, o habría lamentado el tener que haberla adoptado, ya que concernía a un
numeroso grupo de sus convecinos de los que él también es alcalde. En lugar de ello, se jacta
y se regodea de la decisión que ha tomado, con lo que pone al descubierto una vez más su
catadura política y que, presumiblemente, las verdaderas razones de tal medida, como señalé
en un escrito anterior, no sean otras que el soterrado resentimiento contra un núcleo de
población de su municipio que por circunstancias históricas había sido hegemónico en el
pasado, y la retorcida venganza contra aquellos que en el presente habían mostrado cierta
resistencia o crítica hacia algunas de sus decisiones.
No conforme con lo anterior, se presenta el Viernes Santo, acompañado de toda su
corte y de su cohorte con la intención de presidir la procesión de ese día; no para asistir a los
oficios religiosos, ya que no entró en la iglesia, sino para hacer ostentación pública del cargo
y quizá para algo más, nunca habían acudido tantos políticos a una procesión. Con el pueblo
lleno de pancartas en su contra, pretendía desfilar con su séquito en medio de los vecinos, que
estaban enormemente irritados e indignados por lo que le habían usurpado, exponiéndose a
que cualquier exaltado cometiera algún disparate.
¿Qué quería conseguir con ello? Se me ocurren varias motivaciones que no me atrevo
a exponer aquí por ser algunas demasiado fuertes. Lo que seguramente no le movieron a
concurrir allí fueron la prudencia, ni el respeto a los sentimientos de las gentes, pues aquello
pudo convertirse en una provocación, intencionada o no, pero muy peligrosa, que pudo traer
graves consecuencias. Es imprevisible lo que hubiera podido ocurrir a lo largo del recorrido
procesional. Por mucha invitación que le hubiera hecho el párroco, el político debe tener la
prudencia suficiente para no zaherir ni provocar innecesariamente a quien ya ha apaleado.
Una buena temporada sin hacer ostentación de nada hubiera sido una buena medicina.
Aunque el señor cura se le pueda disculpar por ser nuevo en el pueblo, convendría que
se asesore mejor a la hora de hacer determinadas invitaciones, máxime en unos momentos tan