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CRÓNICAS DE UN PUEBLO SAN JUAN DE LA RAMBLA JOSÉ Mª PÉREZ MONTES
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Desde que se decidiera el traslado del ayuntamiento a San José, las protestas de los
vecinos de la parte de la costa de la localidad han sido constantes.
La Opinión, 31 de mayo de 2001
(060) LA CRUZADA DE MANOLO REYES
Manuel García
LA OPINIÓN
En el municipio de San Juan de la Rambla sigue el incendio. La fragua está
permanentemente encendida y Manolo Reyes se encarga de avivar el fuego. Ahora, tras la
gesta histórica del rescate, el cruzado Manolo arremete contra los sarracenos de abajo, porque
hay que dejar limpio ―su pueblo‖. Aunque se quede sin ―Las Aguas‖. Apenas mil habitantes
no pueden significar mayor inconveniente ante el avance incontenible de las huestes cristiana.
Que no entran a misa, pero van a la procesión.
No hay derecho a que se grite al cerrajero – el título se lo ha puesto el mismo
mismamente – aquello de ―fuera, fuera‖. Por eso, y por aquello que de mí nadie se ríe, lo
policía local, siempre a las órdenes del jefe, faltaría más, ha cursado las correspondientes
denuncias. Y se les va a caer el pelo a los alborotadores. Porque los cruzados – quien sabe si
mágicos- no cejaremos en la campaña. Llegará el día en el que el antiguo y caduco casco
ramblero será sólo un triste recuerdo en la historia de un pueblo. Que ahora otea el horizonte
desde lo alto. Donde los humos industriales se disipan con el alisio. El mismo que despeja las
mentes de tan ilustres seseras, las que han trazado nuevo rumbo en la gestión. Porque los
dioses y los reyes siempre han reclamado situaciones de privilegio. Y tarimas elevadas desde
las que lanzar proclamas.
Pero no queda ahí la cosa. A los ―insurrectos‖, organizadores del Entierro de la sardina
– que importa que lo vengan haciendo desde que Reyes usaba pantalón corto-, que han
obstaculizado el tráfico produciendo atascos kilométricos, multa de que no te menees,
millonaria, para que aprendan.
Dicen las malas lenguas - en los pueblos ya se sabe-, que el ―gacetillero‖ ofendido y
molestado en su accidentada cena, pretende ―cobrarse‖ el que haya tenido que salir por patas
del restaurante. Como el mismo mismamente – otra vez, que casualidad- manifestó, de
manera harto patética, en una tele local. Porque un buen día escuchó a su jefe aquello de
―matar al mensajero‖. Sin percatarse – es problema de luces- de que no es intermediario, sino
parte muy interesada.
Siga ejerciendo, señor Reyes, su digno oficio. El de cerrajero, claro, Coloque rejas por
doquier. Abajo, por supuesto. Y enciérrelos a todos en jaula de hierro. Secuestre la
democracia. Cercene las libertades y póngales una mordaza ¡Ah!, a los enjaulados no les
suministre alpiste. Por si se les ocurre ―cantar‖.
Luego, acuda a varios de cientos de emisoras locales de televisión, de los miles
existentes, y siga haciendo el más espantoso de los ridículos.
Consejo gratuito: llévese consigo a los asesores, gacetillero incluido.